viernes, 23 de abril de 2010

Earth Girl Arjuna: El sufrimiento de la tierra, el sufrimiento de una joven


“Arjuna” es una de las más bellas e incomprendidas series anime que se hayan realizado. Injustamente vista como “la versión anime de El Capitán Planeta”, lo cierto es que esta animación consigue tratar el tema de la devastación ambiental con mucha más madurez, belleza e intensidad que otras animaciones de este tipo.
Creada por Shôji Kawamori (Quien es además creador de Macross Plus y Escaflowne) esta poética serie podría considerarse dentro del género de las “chicas mágicas” (Con transformación incluida) pero, al contrario de lo que podría pensarse, esta serie dista mucho de ser ligera e infantil, sino que más bien es una de las más vívidas y conmovedoras reflexiones con respecto a lo que nosotros, los seres humanos estamos haciendo con este mundo.
Arjuna empieza como una historia de amor (Y lo sigue siendo, a pesar de los elementos fantásticos) una de las más hermosas, sensibles y cautivantes de todas las que el anime nos haya ofrecido alguna vez.
Juna Ariyoshi, una joven común y corriente sufre un accidente en compañía de su novio, Tokio. A raíz de ese accidente, Juna es capaz de sentir el sufrimiento de la tierra, tanto de los animales, plantas como el de los seres humanos. Un misterioso personaje llamado Chris, el cual ofrece salvar su vida a cambio de que proteja a la tierra de su inminente destrucción, la cual se manifiesta a través de unos seres extraños, llamados Raaja, que en cierta forma, son una manifestación del desorden ecológico y el resentimiento de los seres vivos.
La serie oscila entre la paz y la tensión, la belleza y lo terrible. Arjuna se convierte en la protectora de la tierra, y al entrar en sintonía con ella, se vuelve consciente del malestar de cada uno de los seres vivos, aun los más insignificantes. A raíz de una serie de tremendas visiones, a la joven se le hace cada vez más imposible vivir en medio de la sociedad moderna, una vez reconoce en ella factores que ocasionan terribles desordenes, injusticias, alienación y muerte. Esta visión, muy cercana al panteísmo, no es compartida por Tokio, el cual se mantiene fiel a Juna, aunque cada vez le es más difícil comprenderla. Y ella, a su vez también tendrá problemas para demostrarle la trágica situación que experimenta el mundo.
Es fácil ver porque “Arjuna” tiene tantos críticos y detractores: Esta no es una serie de evasión y entretenimiento, sino que busca hacer pensar a los espectadores en diversos aspectos de la realidad que más de una vez preferimos olvidar, porque pensamos que la vida se nos haría insoportable (Como por ejemplo, ¿Cómo comer en exceso sabiendo que en el mundo hay millones que mueren de hambre?) Para algunos, gran parte de la ideología de esta serie sería inaceptable: Sin embargo, también estos detractores tendrían que reconocer la belleza en la que estos pensamientos son expresados.


En “Arjuna” se hace una dura crítica a la visión utilitarista de la vida, basada en el exceso y el desorden: Al romperse el lazo con la naturaleza, las personas pierden aquello que precisamente les hace ser humanos, aunque no sean conscientes de ello (Y esto hace que la protagonista choque con sus amigos y su familia) En función de la comodidad, más de una vez se permiten toda clase de injusticias, desordenes, violencias y demás horrores.


Sin embargo, esta no es una serie pesimista, sino que al igual que en “Nausicaa” de Miyazaki, al final se produce una redención; restableciéndose el orden natural. Los mismos agentes de la destrucción son los que al final ayudan a preservar la vida: Juna no derrota su enemigo, sino que lo comprende, y lo acepta, y esto es lo que precisamente le ayuda a cumplir su misión. Esta fuerza (La bondad y la comprensión) es la misma que permite salvar al mundo, y darle un mejor futuro a quienes habitamos en él.

Y por cierto, la banda sonora hecha por Yokko Kanno es magistral, como siempre.

La Princesa Mononoke: Belleza y poderío


Esta película es uno de los más ambiciosos proyectos dentro de la industria animada mundial: En 1997, el aclamado director Hayao Miyazaki nos regaló una estupenda épica, comparable a relatos como “La Odisea” y “El Ramayana”, en la cual habitan dioses, demonios y humanos, siendo además uno de los exámenes más maduros y complejos acerca de la relación del hombre con la naturaleza.
Ajena a los maniqueísmos habituales en este tipo de películas, “La Princesa Mononoke” nos muestra dos bandos que pelean, pero no es el clásico duelo del Bien y el mal, sino el duelo de dos bandos en pugna por la supervivencia y el dominio, cada uno de ellos con razones válidas para defender sus puntos de vista.
Ashitaka, el arquetipo de héroe, es el único personaje que puede calificarse como enteramente “bueno”: Su valor y nobleza son las dos características cruciales que le permiten ser el nexo entre dos mundos en guerra, el del bosque y el de los humanos, el pasado y el futuro, que a pesar de creerse opuestos, en realidad son parte de un todo, elementos de una misma realidad.
Uno surge del otro: Los hombres surgen de la naturaleza y se rebelan contra ella, a fin de poder sobrevivir: La Dama Eboshi, brava guerrera de visión fuertemente humanista, no se detiene ante nada por defender a los suyos. Se opone al bosque, pero no por ambición, o por mero instinto cruel, como los villanos habituales de las películas con trama ecológica: Ella es esperanza de los desvalidos, desahuciados, los rechazados del mundo. Su ciudad- fortaleza (Un gran referente a la obra de Akira Kurosawa y John Ford) acoge a leprosos y chicas del bajo; reaviva sus expectativas de un mundo mejor.
Contra ella luchan los dioses, criaturas que lejos de ser perfectas, se muestran violentas y vengativas, si bien no son intrínsecamente malignas. Símbolos de las fuerzas de la naturaleza y el instinto, son una advertencia viva y presente para los hombres que desean ir más allá de lo que se les ha sido permitidos: La sociedad moderna no quiere reconocer dioses, y sale en su cacería, entrando en guerra con su pasado. Y esta es una ofensa que los habitantes del bosque no pueden permitir.
Pero el bosque no está solo en su lucha: San “La Princesa Mononoke” del título, es una criatura atrapada entre dos mundos: Fue echada a los lobos por la comunidad en la que vivía cuando era pequeña, y por esa razón, ella los detesta. Pero también el bosque, a pesar de la acogida que el dan la loba Moro y sus dos hijos, siente un fuerte rechazo a ella: San no ha dejado de ser humana, y los dioses del bosque no confían en ella, por más que les demuestre su lealtad.
Será su crucial encuentro con Ashitaka, (Quien se enamora de ella, logrando ver más allá de su actitud violenta y salvaje) el cual le permitirá redescubrir y aceptar su humanidad, logrando que ella también se convierta en un nexo (Aunque solo en parte) para restablecer el lazo roto entre el hombre y la naturaleza.
Ningún lado dará su brazo a torcer, y la confrontación será inevitable: Ambiciosos y oportunistas tratan de sacar ventaja en medio del caos, pero al final no será de ellos la decisión que pondrá fin a una guerra en apariencia interminable.
Se hace necesario decir, que, muy pocas veces se ha recreado con tanto poder y magnificencia visual la riqueza del mundo natural, como lo hace esta película: El bosque es fuente de belleza y de vida, pero también puede surgir de él la violencia y el peligro: Incluso el mismísimo dios Shishi, capaz de dar la vida y sanar las más terribles maldiciones, tiene su lado oscuro, y es poseedor de una violencia latente, la misma que puede ocasionar la destrucción de todos.


Es por esta razón, que muchos dicen, que esta es la película más oscura de Miyazaki. Incluso él mismo dice que “no hay final feliz en la guerra entre los hombres y los dioses furiosos.” Pero yo no lo creo así: Miyazaki nos muestra un mundo conflictivo, pero también lleno de luz y esperanza. La violencia no destruye todo aquello que es bueno y noble, y será precisamente un acto de perdón (El devolverle su cabeza al dios Shishi) lo que restaure el orden y la vida.
Miyazaki elige no matar a Eboshi, porque no es su objetivo condenar a la humanidad (Como si lo hacen películas como “Ferngully” y en mayor grado “Avatar”) sino que esta entienda que la naturaleza no es su enemiga, sino que también el hombre, con todo su progreso y su técnica, forma parte de ella. Y Eboshi es capaz de entender eso al final. Incluso San, a pesar de que no se siente capaz de perdonar a los humanos, acepta su amor por Ashitaka como una prueba de que se ha reconciliado con su humanidad perdida.


Al final, la paz es restablecida: El mismo terrible monstruo que amenaza con destruir la vida de todos, restaura, con su sacrificio, la vida del bosque y quienes lo habitan. El último cuadro nos muestra a un Kodama, pequeño espíritu del bosque que, al igual que la flor al final de El Laberinto del Fauno, simboliza la esperanza: Es la vida que surge de la muerte, el bien que obra aún en medio de un ambiente malo, la nobleza y bondad que todavía existen en el mundo, y que no desaparecerán, hagan lo que hagan los hombres. Esta es la certeza de su director, el mismo que nos invita a creer que un mundo mejor es posible, y que la paz duradera no es un sueño sino una labor de sacrificio, la cual no surge de la violencia (Así esta se escude en buenas intenciones) sino de la tolerancia y la comprensión, un crecimiento del espíritu que solo puede nacer en aquellos corazones que respetan el valor de cada una de las formas de vida.



Bambi: La fragilidad de la belleza

Las preocupaciones ecológicas han ido adquiriendo una mayor cobertura mediática con el paso de las décadas: El séptimo arte no ha sido ajeno al impacto ambiental ejercido por la civilización, pasando por toda clase de obras, desde producciones de cine “B”, hasta filmes mucho más ambiciosos, tales como “Avatar” de James Cameron, que a pesar de ser un producto enteramente hollywoodense, hace una dura crítica al sistema y sus valores, a favor de una óptica místico-religiosa.
Desde luego, el cine animado no ha sido ajeno a estas preocupaciones: Acaso por tener protagonistas animales para sus tramas, los animadores han tenido que adaptarse a una sensibilidad muy especial, la misma que es capaz de conferir cualidades humanas a los seres que no lo son (Sean estos objetos, plantas o animales) y permitir así que los espectadores se sientan identificados.
Bambi (David Hand, 1942) adapta la nóvela “Bambi: Una vida en los bosques” de Felix Salten, volviéndola una obra propia, adaptada a la sensibilidad de los estudios Disney: Es una visión idílica de la naturaleza, en donde el bosque es refugio y fuente de vida, a semejanza del Jardín del Edén descrito en el Génesis: Nada malo puede surgir de este, porque es una Creación ideal, en donde todo tiene un orden, un significado, un balance. Incluso el único acto de violencia que surge desde el propio bosque (El duelo de Bambi en su adultez con otro ciervo) no es un acto que altere el orden de este ecosistema perfecto, sino que forma parte de un todo, un ciclo vital, un acto de vida, no de muerte.
No así la violencia ocasionada por los seres humanos, los cuales en esta película son una presencia invisible, pero real y amenazante, capaz de destruir y sembrar el caos. En “Bambi”, los seres humanos son los demonios que amenazan el futuro del bosque paradisiaco. Son agentes del caos, habitantes de otra realidad, que siguen otros valores y criterios, que los animales no pueden entender.
El mundo de Bambi es un Edén frágil, susceptible al ataque de cualquier invasor. Lo mismo ocurre con sus habitantes, los cuales, a pesar de ser amenazados, no pierden la inocencia, ni aún al momento de crecer: Es el disparo del cazador (Una fuerza mala o negativa) el que separa a Bambi de su madre, no la naturaleza (La cual es una fuerza enteramente positiva en esta película)
A algunos espectadores les puede molestar esta visión “acaramelada” e idealista de la naturaleza, alegando que esta no tiene nada que ver con la realidad. Pero el cine es ilusión, la creación de otros mundos a través de la visión de los realizadores, La ficción no tiene porque ser 100 % fiel a la realidad. Decir que “Bambi” no es más que un mero alegato anti- caza es un juicio apresurado e injusto: Sería como negar la inmensa cantidad de virtudes que esta película posee, tanto técnicas como narrativas.
Es admirable la forma como esta película recrea la tan conmovedora historia del pequeño ciervo, hasta volverlo un ícono cultural: Bambi es un arquetipo cuasi perfecto de la inocencia y la ternura, del mismo modo que E.T. y la niña de “El Laberinto del fauno”. El glorioso bosque creado por Disney no fue igualado sino hasta varias décadas después por Hayao Miyazaki, en su película “Mi Vecino Totoro” (la cual, por cierto, comparte más de un elemento en común con “Bambi” al ser la visión ideal de la naturaleza, sólo que aquí, los seres humanos viven en armonía con los animales y las criaturas del bosque)
A pesar del paso de los años, “Bambi” sigue vigente: Su delicada belleza es atemporal, como lo es la de su “Blancanieves” o la de la película “Pinocho”. Esta obra ha influido a muchas otras, no sólo de animación: ¿No se ve, acaso, en los ojos de E.T., la misma ternura, la misma inocencia frágil de Bambi? Bambi es una creación dibujada, está conformado por tinta y color, y sin embargo, sus alegrías y penas son tan, o más palpables que muchos relatos de acción viva. “Bambi” se ha vuelto una criatura real, presente en el imaginario colectivo, y esto es algo que aún los detractores más acérrimos de esta película tendrán que admitir: No ha surgido, desde el estreno de esta película, ninguna otra fábula de tan notable ternura y cautivante animación: A los animalitos de Bambi se les ha otorgado las más profundas cualidades humanas.